Análisis de Davos VI de Tormenta de Espadas, cuando el Caballero de la Cebolla decide salvar a Edric Tormenta y comunicar a Stannis Baratheon las necesidades de la Guardia de la Noche.

De nuevo es jueves, y como tal retomamos una nueva edición de El Campeón del Torneo. Como ya sabéis, en esta sección estamos buscando el capítulo de Canción de Hielo y Fuego más valorado por esta comunidad. Hoy analizamos el mejor capítulo del Caballero de la Cebolla en Tormenta de Espadas, que no es otro que davos vi. Es el último capítulo del personaje, y está escrito de tal modo que en la primera lectura genera una tensión y una intriga realmente impactantes para el lector. En la relectura, sin embargo, es justo deleitarse con la formidable construcción de la narración, hasta el punto de que unas pocas páginas cargadas de metáforas y referencias internas al propio arco del contrabandista nos cautivan por completo. Si no votasteis por davos vi, hoy vamos a intentar mostrar la belleza que esconde el capítulo capa a capa, como si fuera la mejor de las cebollas.

Los hombres del rey

La tensión en Rocadragón es tal que podría cortarse con un cuchillo. La causa de Stannis está profundamente herida. La derrota en el Aguasnegras fue un auténtico mazazo, pues a las víctimas de la batalla hay que añadir la deserción del bando Baratheon de un importante número de familias y casas aliadas. Pero si algo nos muestra davos vi es que incluso entre los leales a Stannis hay diferencias irreconciliables.

Ahora bien, Stannis no solo es consciente de esto, sino que intenta sacar todo el provecho que puede de esta disensión. Así, el círculo íntimo del rey está compuesto por los dos principales representantes de cada facción, si bien solamente una de ellas constituye verdaderamente un bando. Este no es otro que el de los Hombres de la Reina, aglutinados en torno a la fe en R’hllor y el respeto o incluso el miedo a Melisandre. Del otro lado se encuentran los hombres fieles a Stannis, denominados por contraposición como los Hombres del Rey, quienes han rechazado la fe roja y no están de acuerdo con las medidas agresivas de la política de Melisandre. Davos, que ha sido nombrado por Stannis como Mano del Rey, es para el lector la cabeza visible de esta postura, pero cualquier posibilidad de formar un círculo influyente en la corte Baratheon se irá al traste ante los acontecimientos que están a punto de suceder.

Es una muestra de esta división interna la que abre el capítulo. La Bruja Roja y sus fieles, entre los que se encuentra la Reina Selyse, están en una de las rutinarias ceremonias religiosas que se producen cada anochecer en Rocadragón. No obstante, el ritual no es tan importante en sí como lo que Martin quiere simbolizar con él. Esto no es otra cosa que el dilema al que se ha tenido que enfrentar Davos a lo largo de su arco, y que representa la división política existente. Porque en la relectura, cuando sabemos que Davos va a aprovecharse de la ceremonia para poner a salvo a Edric Tormenta, es complicado no ver en esta descripción de la hoguera una clara referencia al tema del dragón de piedra.

Sus voces se alzaban como pavesas que se arremolinaran en el cielo púrpura del anochecer.
—Aléjanos de la oscuridad, oh, Señor. Inflama nuestros corazones para que podamos recorrer tu camino luminoso.
La hoguera nocturna ardía en la creciente oscuridad, era como una gran bestia brillante cuya cambiante luz anaranjada proyectaba sombras de cinco metros por todo el patio. En las murallas de Rocadragón, el ejército de gárgolas y figuras grotescas parecía moverse inquieto.

 

El dilema principal que hemos podido ver en el arco de Davos es el tema del sacrificio. En concreto, el de Edric Tormenta por parte de Melisandre para, como ella dice, despertar al dragón de piedra. En opinión de la Bruja Roja, este sacrificio será lo que marque la diferencia entre Stannis y el resto de pretendientes: la muerte de Edric no solo le ofrecerá el Trono de Hierro, sino que además le permitirá salvar al mundo. Y Melisandre ha utilizado sus artimañas para hacer creer a Stannis de que está en lo cierto al utilizar unas gotas de la sangre real de Edric para, supuestamente, acabar con la vida de los tres usurpadores que siguen disputándose el poder en los Siete Reinos. En esencia, la postura de Melisandre representa, sin duda, una forma de llegar al poder a costa de vidas inocentes, de anteponer el derecho sobre el deber. Para Melisandre, en definitiva, el fin justifica los medios.

Davos, por otra parte, entiende que el poder debe conquistarse de otro modo, justamente del contrario. El deber debe anteponerse a cualquier derecho y el primero y fundamental de cualquier rey no es otro que defender a su pueblo.

El sacrificio del chico envuelve así un interesante debate político, en el que Stannis es quien debe decantarse por una opción u otra. Sobre él recae ese peso. Y aunque Davos no se cuestiona en absoluto lo que cree que es su deber, sí duda, sin embargo, de lo que Stannis pueda llegar a concluir ante el devenir de los acontecimientos. Davos sabe de primera mano —y nunca mejor dicho— que si el rey cree que debe hacer algo, lo hará, por poco que le agrade lo que tenga que hacer.

Yo no pedí esta corona. —Stannis volvió a apretar los dientes—. El oro es frío y me pesa en la cabeza, pero mientras sea el rey tengo un deber. Si he de sacrificar a un niño en las llamas para salvar a un millón de la oscuridad… El sacrificio… nunca es fácil, Davos. De lo contrario no sería un verdadero sacrificio. Decídselo, mi señora.

 

Por eso es tan importante, a la hora de entender la posición de Stannis ante este dilema, el siguiente fragmento, donde podemos ver que Davos decide enseñar a Edric Tormenta su mano mutilada para amenazarlo y que le obedezca:

—¿Seguro que me tengo que marchar? —El chico frunció el ceño—. ¿Es que mi tío no me quiere en Rocadragón? ¿Lo he molestado en algo? No ha sido mi intención. —Volvía a tener su expresión más obstinada en el rostro—. Quiero ver a mi tío. Quiero ver al rey Stannis.
Ser Andrew y Ser Gerald se miraron.
—No hay tiempo para eso, primo —dijo Ser Andrew.
—¡Quiero verlo! —insistió Edric casi a gritos.
—Él no te quiere ver. —Davos tenía que decir algo para que siguiera caminando—. Yo soy su Mano, hablo con su voz. ¿Quieres que vaya y le diga que no quieres obedecer? ¿Sabes hasta qué punto se enfadará? ¿No has visto nunca a tu tío enfadado? —Se quitó el guante y le mostró al chico los cuatro dedos que Stannis le había cortado—. Yo sí.
No era más que un puñado de mentiras. Stannis Baratheon no estaba en absoluto furioso cuando cortó las puntas de los dedos de su Caballero de la Cebolla; sólo fue una demostración de su férreo sentido de la justicia. Pero por aquel entonces, Edric Tormenta no había nacido y no tenía manera de saberlo. La amenaza surtió el efecto deseado.
—No os tendría que haber hecho eso —dijo, pero permitió que Davos le cogiera la mano y lo llevara escaleras abajo.

 

Davos consigue poner a salvo al chico en la Loco Prendos, una de las galeras de Salladhor Saan. Destacable es, sin duda, el momento en el que lo hace: no es casual que Edric se encuentre dando clases de cálculo con el maestre Pylos cuando Davos va a salvarle, ni tampoco que el viejo contrabandista precisamente decida intervenir cuando conoce la noticia de la muerte de Joffrey:

Hasta un contrabandista de cebollas sabe distinguir dos cebollas de tres. Os falta un rey, mi señora.
—Ahí os ha pillado, mi señora. —Stannis soltó una carcajada seca—. Dos no son tres.
Claro, Alteza. Un rey puede morir por casualidad, tal vez dos, pero… ¿tres? Si Joffrey muriera en medio de todo su poder, rodeado por sus ejércitos y su Guardia Real, ¿no sería eso una muestra del poder del Señor?
—Quizá sí —dijo el rey de mala gana.
—O quizá no. —Davos hacía todo lo posible por ocultar su miedo.
—Joffrey morirá —declaró la reina Selyse, serena en su confianza.
—Puede que ya esté muerto —apuntó Ser Axell.
—¿Acaso sois cuervos amaestrados que me graznáis por turno? —Stannis los miraba asqueado—. Es suficiente.
—Esposo, escúchame… —suplicó la reina.
—¿Por qué? Dos no son tres. Los reyes saben contar tan bien como los contrabandistas. Os podéis retirar.

davos v

 

Y, en este mismo sentido, la ironía es todavía mayor si tenemos en cuenta la reflexión sobre el fuego que Melisandre le hizo a Davos en Choque de Reyes. En efecto, es el propio fuego quien ha creado las sombras adecuadas para que Davos pueda urdir su plan. La primera de ellas, como ya hemos visto, es la propia ceremonia; con todos los fieles mirando al fuego, hay vía libre para la conspiración del contrabandista. La segunda, las propias llamas que contempla Melisandre. La bruja roja parece más preocupada en observar posibles atentados contra ella que en los obstáculos que se pueda encontrar la causa de Stannis, y Davos es lo suficientemente astuto como para no pasar por alto la oportunidad:

No había querido mentir a los hombres del rey.
Puede que la mujer roja vea nuestras intenciones —les advirtió.
—Entonces deberíamos empezar por matarla —propuso Lewys el Pescadero—. Conozco un lugar perfecto para tenderle una emboscada, cuatro de nosotros con espadas bien afiladas…
—Nos condenarías a todos —dijo Davos—. El maestre Cressen trató de matarla y lo supo al instante. Me imagino que lo vería en las llamas. Creo que percibe enseguida cualquier amenaza contra su persona, pero no puede verlo todo. Si no le hacemos caso, quizá no se fije en nosotros.
—Esconderse y actuar a hurtadillas no es honorable —objetó Ser Triston de Colina Cuenta, que había sido vasallo de los Sunglass antes de que Lord Guncer acabara en el fuego de Melisandre.
—¿Y es honorable arder en la hoguera? —le preguntó Davos—. Ya visteis morir a Lord Guncer. ¿Es eso lo que queréis? Ahora mismo no me hacen falta hombres de honor. Me hacen falta contrabandistas. ¿Estáis conmigo o no?
Estaban con él. Loados fueran los dioses, estaban con él.

 

Y la tercera, como el mismo Davos agradece esta vez al final de este último extracto, es la propia división que el extremismo religioso de Melisandre ha generado. La situación es tal que un puñado de hombres, entre los que se encuentra el maestre Pylos, deciden arriesgar sus vidas para salvar la de un joven bastardo marchando con él al exilio. Por eso mismo apuntábamos antes que la posibilidad de formar una camarilla en torno a Stannis se esfumaría pronto, dado que estos buenos hombres, como los denomina Davos, tendrán ahora la misión de proteger a Edric Tormenta.

Davos, quien ahora es la Mano del Rey, equipara su actuación a las maniobras que hacía como contrabandista. Si en su día se ganó el honor de ser nombrado caballero por llevar un cargamento de cebollas a Bastión de Tormentas, esta vez es su vida la que pende de un hilo por las consecuencias de su nueva correría. Pero, a pesar de su meteórico ascenso, él está convencido de que sigue siendo el mismo hombre:

Stannis, Melisandre y los hombres de la reina seguirían rezando una hora o más. La sacerdotisa roja encendía hogueras a diario al llegar el ocaso, para dar las gracias a R’hllor por el día que terminaba y suplicarle que a la mañana siguiente volviera a enviar el sol para que dispersara la oscuridad. «Un contrabandista tiene que conocer las mareas y saber aprovecharlas.» Al final eso es lo único que era, Davos el contrabandista. Se llevó la mano mutilada al cuello en busca de su suerte y no encontró nada. La bajó de golpe y aceleró el paso un poco más.

 

Pero no podemos olvidar aquella conversación que Davos sostuvo con el maestre Pylos cuando fue nombrado como Mano del Rey, donde el gobierno de un reino y el de un barco se equiparan; ni tampoco que la liberación de Edric Tormenta, como ya hemos señalado, simboliza una postura política definida:

«No sé leer, no sé escribir, los señores me desprecian, no sé nada de gobernar, ¿cómo puedo ser la Mano del Rey? Mi lugar está en la cubierta de un barco, no en la torre de un castillo
Eso mismo le había dicho al maestre Pylos.
—Sois un excelente capitán —fue la respuesta del maestre—. Un capitán gobierna su barco, ¿no? Tiene que navegar por aguas traicioneras, mover las velas para captar el viento, debe saber cuándo se acerca una tormenta y la mejor manera de capearla. Esto viene a ser lo mismo.
La intención de Pylos era buena, pero sus palabras tranquilizadoras no lo convencían.
—¡No es lo mismo! —protestó Davos—. Un reino no es un barco… y menos mal, porque en ese caso este reino se estaría hundiendo. Entiendo de tablones, de sogas y de agua, sí, pero ¿de qué me sirve eso ahora? ¿Cómo voy a dar con un viento que sople para llevar al rey Stannis a su trono?
El maestre se había reído.
—Ahí tenéis, mi señor. Las palabras son viento, ya lo sabéis, y vos habéis enviado muy lejos las mías con vuestro sentido común. Creo que Su Alteza sabe muy bien qué le podéis dar.

tormenta de espadas, davos v

 

Nada recoge mejor esta relación simbólica que Martin teje entre barcos y reinos y entre el sacrificio y el gobierno para mostrar a Davos como un consejero más que capaz que las palabras que le hace pronunciar al propio contrabandista antes de postrarlo ante Stannis:

—Hay muchas cosas que no comprendo —reconoció Davos—. Nunca he dicho lo contrario. Sé de ríos y de mares, de la forma de las costas y dónde acechan las rocas en los bajíos. Sé de calas secretas en las que un barco puede atracar sin que nadie lo vea. Y sé que un rey protege a su pueblo, de lo contrario no es un rey.

 

En efecto, lo que Davos le da a Stannis son palabras, las cuales impulsarán a sus tropas hasta las remotas tierras que se extienden Más Allá del Muro. Estas le sirven al rey para aprender una grandísima lección. No vemos el proceso de aprendizaje, pero sí descubrimos que Stannis no recoge la espada mágica que pende sobre el cuello de Davos por un lapsus, ni por el shock creado por la noticias que llegan de la Guardia de la Noche. El rey, como así le comenta a Jon Nieve cuando llega al Muro, decide guardar la espada porque considera que es lo que debe hacer.

Yo estaba tratando de ganar el trono para salvar el reino, cuando debería intentar salvar el reino para ganar el trono.

tormenta de espadas, jon xi

 

No obstante, a pesar de que la lección de Davos haya resultado triunfante esta vez, la sombra sigue cerniéndose sobre Stannis. Y si bien ha desechado conquistar el Trono de Hierro con las armas de Melisandre, si Stannis cree que la sangre real debe sacrificarse para salvar al mundo, lo hará sin dudar, asumiendo el precio que haya que pagar:

—Yo no pedí esta corona. —Stannis volvió a apretar los dientes—. El oro es frío y me pesa en la cabeza, pero mientras sea el rey tengo un deber. Si he de sacrificar a un niño en las llamas para salvar a un millón de la oscuridad… El sacrificio… nunca es fácil, Davos. De lo contrario no sería un verdadero sacrificio. Decídselo, mi señora.
—Azor Ahai templó la Dueña de Luz con la sangre del corazón de su amada esposa —dijo Melisandre—. Si un hombre que tiene un millar de vacas entrega una a dios, no significa nada. En cambio un hombre que le ofrezca su única vaca…
—La mujer habla de vacas —dijo Davos al rey—. Yo estoy hablando de un niño, del amigo de vuestra hija, del hijo de vuestro hermano.

 

Lo triste es que, literalmente, no hay mal que por bien no venga. Y aunque en la primera lectura respiramos aliviados cuando vimos al rey y su Mano en el Muro, ahora un escalofrío nos recorre la espalda cada vez que leemos este capítulo y, en general, el arco de Davos en Tormenta de Espadas. A pesar de la encomiable acción del contrabandista, con Edric Tormenta lejos del alcance de Melisandre, a Stannis solo le queda una vaca.

Y, ahora, vuestro turno: ¿qué destacaríais del capítulo de Davos? ¿Creéis que Stannis sacrificará a Shireen si llega a convencerse de que es lo que debe hacer para salvar a la humanidad? ¿Qué os parece este dilema; deja a Stannis en buen o mal lugar?

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