Análisis de Sam V, cuando Sam se enfrenta a sus miedos para que Jon acabe siendo nombrado como Lord Comandante de la Guardia de la Noche.

Sentimos el nuevo día de retraso, pero por fin volvemos con un nuevo análisis de Canción de Hielo y Fuego. En concreto, con sam v de Tormenta de Espadas, clímax del arco del personaje en la tercera novela de la saga. Como bien reflejasteis casi todos vosotros en los comentarios de la votación precedente, Sam es uno de los puntos de vista más humanos de entre todos los que cuentan los libros. Hoy, precisamente, eso es lo que vamos a ver: a uno de esos tipos que son valientes solo cuando tienen miedo.

Héroes de carne y hueso

Ya dijimos que el recorrido de Sam en Tormenta de Espadas es fundamentalmente un camino de crecimiento personal. Sam se enfrenta a sus miedos más profundos y consigue salir adelante airoso. Lo hace, además, de una forma realmente humana, pero no por ello menos heroica. No blande una gran espada ni tampoco luce un porte carismático, no quiere ser el gran protagonista de la función ni parece llamado a serlo y, de hecho, él preferiría no tener que enfrentarse a nada de lo que está a punto de suceder. Pero Sam es, en definitiva, uno de los héroes de esta narración. Un héroe, eso sí, de carne y hueso.

Quizá el detalle más interesante para entender el cambio de Sam se encuentra en la decisión que toma el joven. Porque, a diferencia de lo que sucede con el Otro que apareció en su camino durante la huida del Puño de los Primeros Hombres, esta vez es el propio Sam el que decide enfrentarse a uno de sus mayores miedos: las figuras autoritarias, las cuales le recuerdan a la tortuosa adolescencia vivida con su padre en Colina Cuerno.

La votación… maestre, ¿no podéis hacer algo? Lo que ha dicho el rey sobre Lord Janos…
—Lo he oído —asintió el maestre Aemon—, pero soy un maestre, Sam; llevo la cadena, presté juramento. Mi deber es aconsejar al Lord Comandante, sea quien sea. No sería correcto que se me viera preferir a uno u a otro.
Yo no soy maestre —dijo Sam—. ¿Puedo hacer algo?
—Vaya, Samwell, pues no lo sé. —Aemon volvió hacia Sam los ojos ciegos y esbozó una tenue sonrisa—. ¿Tú qué crees?
«Que sí —pensó Sam—. Tengo que hacer algo. —Y lo tenía que hacer cuanto antes. Si se paraba a pensar, sin duda perdería todo rastro de valor—. Soy un hombre de la Guardia de la Noche —se recordó mientras cruzaba el patio a toda prisa—. Pertenezco a la Guardia de la Noche. Puedo hacerlo.» Hubo un tiempo en el que temblaba y tartamudeaba si Lord Mormont lo miraba, pero aquello habían sido cosas del antiguo Sam, antes del Puño de los Primeros Hombres y del Torreón de Craster, antes de los espectros y de Manosfrías y del Otro a lomos de su caballo muerto. El nuevo Sam era más valiente. «Elí me hizo más valiente», le había dicho a Jon. Y era verdad. Tenía que ser verdad.

 

Aunque luego Sam recordará su enfrentamiento con el propio miedo para reafirmar su anterior cobardía, es conveniente recalcar aquí la importancia que tiene Elí en esta transformación. Para Sam, salvar a Elí es prácticamente una historia caballeresca en la que el héroe rescata a la princesa de la torre. Ese héroe, en su imaginación, es su amigo Jon Nieve, que tiene un fiero huargo y una espada de acero valyrio, así como los arrestos para aceptar cualquier misión que le encomienden. La historia, qué duda cabe, no va con él dentro de la concepción que tiene de sí mismo. Pero Sam no había caído en la cuenta de que el topos fallaba. Más allá del Muro, de hecho, ni hay princesas ni hay torres. Lo que hay, sin embargo, es un cochambroso torreón y una niña que además de haber nacido del incesto guarda en sus entrañas otro fruto todavía más incestuoso. El héroe, por tanto, tampoco es lo que se podría esperar. Pero la odisea conseguirá forjar un héroe de carne y hueso, pues Sam realizará una hazaña digna de alguien que él considera muy superior a él. Lo realmente poético del asunto es que Sam en ningún momento tratará de salvar a Elí para demostrarse nada. Son sus sentimientos hacia la joven lo que le impulsan a obrar como nunca antes había sido capaz:

—¿Paul? —Trató de que su voz sonara valerosa, pero le salió chillona—. ¿Paul el Pequeño? ¿Me conoces? Soy Sam, Sam el gordo, Sam el Miedica, en el bosque me salvaste. Me llevaste en brazos cuando no podía dar un paso más. Nadie más lo podría haber hecho, sólo tú. —Sam retrocedió con el cuchillo en la mano, lloriqueando. «Qué cobarde soy»—. No nos hagas daño, Paul, por favor. ¿Por qué ibas a hacernos daño?
Elí retrocedió de espaldas por el suelo de tierra prensada y el espectro giró la cabeza para mirarla.
¡No! —gritó Sam, y de nuevo se volvió hacia él.
El cuervo que llevaba en el hombro le arrancó una tira de carne de la destrozada mejilla blancuzca. Sam agitó la daga delante de él, jadeaba como el fuelle de un herrero. Al otro lado de la habitación, Elí había llegado junto al caballo.
«Dioses, dadme valor —rezó Sam—. Dadme un poco de valor, por una vez, lo justo para que Elí pueda escapar

tormenta de espadas, samwell iii

 

Y, del mismo modo, como ya mencionamos, es importante subrayar hasta qué punto Martin dota de humanidad al personaje. Evidentemente, nadie puede convertirse en otra persona de un día para otro, y menos alguien incapaz de valorar sus fortalezas y debilidades de forma realista. A pesar de todo lo que ha vivido, Sam seguirá siendo un cobarde de corazón.

—Cotter Pyke y Ser Denys no se caen bien —insistió Grenn, testarudo—. Se pelean por todo, ¡por todo!
—Sí, pero sólo porque tienen opiniones diferentes acerca de lo que es mejor para la Guardia —señaló Sam—. Si nosotros les explicáramos
—¿Nosotros? —lo interrumpió Pyp—. ¿Cómo es que «alguien» se ha convertido en «nosotros»? Yo soy un mono de feria, ¿recuerdas? Y Grenn es… Bueno, Grenn. —Sonrió a Sam y movió las orejas—. En cambio, tú… tú eres hijo de un lord, el mayordomo del maestre…
Y Sam el Mortífero —terminó Grenn—. Mataste al Otro.
—Lo que lo mató fue el vidriagón —dijo Sam por enésima vez.
Hijo de un lord, el mayordomo del maestre y Sam el Mortífero —caviló Pyp—. Podrías hablar con ellos, tal vez…
Podría —dijo Sam con voz tan lúgubre como la de Edd el Penas—, si no fuera demasiado cobarde para enfrentarme a ellos.

tormenta de espadas, samwell iv

 

El cambio se fragua poco a poco y además de un modo que resulta hasta cierto punto tierno viniendo de un personaje como él, incapaz de ver su valía incluso cuando sus amigos reafirmar su posición. Retomando la cita anterior, la de la charla con Aemon, vemos cómo Sam es consciente de que no tiene que pararse a pensar lo que va a hacer, porque si no será incapaz de hacerlo. La larga sombra de su padre, que no es baladí que surja en la conversación precedente con Stannis ni tampoco cuando Mallister se refiere a él por su apellido, sigue siendo un obstáculo mayúsculo para Sam. No será hasta que lo haya superado cuando nuestro héroe de carne y hueso se dé cuenta de que, en su posición y una vez visto el horror que aguarda tras el Muro, podrá enfrentarse a sus miedos, lo que no quiere decir que dejará de padecerlos o los suprimirá por completo. Frente a ese ovillo que solía hacerse frente a la adversidad, ahora tenemos la imagen de un Sam que actúa; con las piernas temblando, sí, pero al fin conseguirá ser valiente cuando tiene miedo. Y, como diría Ned Stark, ese es el único momento en el que un hombre puede ser valiente.

Cuando salió de la Lanza, Sam estaba temblando.
«¿Qué he hecho? —pensó—. ¿Qué he dicho? —Si descubrían que había mentido, le harían…—. ¿Qué? ¿Enviarme al Muro? ¿Arrancarme las entrañas? ¿Transformarme en un espectro?» De repente, todo le pareció absurdo. ¿Cómo era posible que hubiera tenido tanto miedo de Cotter Pyke y de Ser Denys Mallister, cuando había visto cómo un cuervo devoraba la cara de Paul el Pequeño?

 

Como bien recoge la cita, a lo que se tiene que enfrentar Sam es a dos figuras importantes en la Guardia de la Noche, Cotter Pyke y Denis Mallister. Ambos hermanos, además de enemigos, son dos de los candidatos más importantes para liderar la milenaria hermandad y los principales responsables de que, tras varios días de elecciones, la Guardia de la Noche todavía no tenga un Lord Comandante electo. Esto irrita sobremanera a Stannis, el rey que acudió a salvar a los guardianes del Muro del ataque de los salvajes. Necesita parlamentar rápidamente con la Guardia de la Noche y preparar la defensa no solo de su causa sino de todos los vivos. Y es que, a pesar del ajuste de cuentas con la reputación de Slynt, un matiz insoslayable de todo el pequeño juego de tronos de Sam es que, en realidad, sus maquinaciones no se tratan de una simple luche palaciega o cortesana:

Demonios hechos de nieve, hielo y frío —dijo Stannis Baratheon—. El antiguo enemigo. El único enemigo que importa de verdad. —Volvió a concentrarse en Sam—. Me han dicho que esa chica salvaje y tú pasasteis bajo el Muro a través de una especie de puerta mágica.

 

Lo cierto es que Sam no solo recurre a Jon porque este sea su amigo, sino también porque para él es la figura más preparada para enfrentarse al grave momento que se viene encima. Cuando analizamos el arco de Jon, hicimos referencia al modo en que Martin nos fue narrando durante el punto de vista del bastardo todos aquellos motivos que lo presentaban como un candidato real. Lo mismo sucede con Sam, quien no necesita decir el nombre de Jon para que tanto Pyke como Mallister sepan de quién está hablando el joven mayordomo del maestre.

—Hay alguien más —barboteó Sam—. El Lord Comandante Mormont confiaba en él, igual que Donal Noye y Qhorin Mediamano. Aunque su cuna no es tan noble como la vuestra, su sangre es antigua. Nació y fue educado en un castillo, aprendió a manejar la espada y la lanza con un caballero, y las letras con un maestre de la Ciudadela. Su padre fue señor y su hermano es rey.
—Puede ser —dijo Ser Denys tras largo rato acariciándose la larga barba blanca—. Es muy joven, pero… puede ser. Mejor sería elegirme a mí, no te quepa duda. Sería lo más inteligente.
[…]
—¿Otra vez tú? Date prisa, empiezas a molestarme.
—Sólo será un momento —le prometió Sam—. Dijisteis que no os retiraríais ante Ser Denys, pero sí ante otro.
—¿De quién se trata esta vez, Mortífero? ¿De ti?
—No. De un luchador. Donal Noye lo puso al mando del Muro cuando llegaron los salvajes y fue el escudero del Viejo Oso. Su único inconveniente es que nació bastardo.
—¡Por todos los infiernos! —Cotter Pyke se echó a reír—. Eso le metería una lanza por el culo a Mallister, ¿eh? Casi valdría la pena sólo por eso. Y el chico no lo haría mal. —Bufó, despectivo—. Por supuesto, yo lo haría mucho mejor, eso lo sabe cualquier idiota.

 

Jon, por tanto, no es un candidato demasiado rocambolesco como para que las amenazas de Sam surtan efecto en ambos contendientes. Por supuesto, la artimaña se hace necesaria, y es de hecho el toque que acaba por aupar a Jon hasta el cargo de Lord Comandante. Pero, como en toda buena mentira, tiene que haber una parte de verdad, y esa no es otra que el hecho de que Jon reúna algunos de los requisitos más importantes como para enfrentar este delicado momento.

Héroes de carne y hueso

Samwell Tarly

Sam sabe, además, potenciar adecuadamente esas condiciones naturales de Jon ante Mallister y Pyke. Lo cierto es que el joven Tarly, como hemos visto en la cita anterior, se descubre como un gran orador y un astuto negociante, eligiendo muy bien lo que decir frente a cada uno de los dos hermanos juramentados. Así, frente al caballero de Varamar, Sam destacará que Jon fue formado y educado en un castillo, dominando las principales artes que se presuponen a todo buen caballero, a pesar de que la sangre no acompañe. Y, frente al belicoso bastardo del Hierro, la bastardía de Jon será el aldabonazo perfecto a una descripción que subraya su capacidad para liderar la lucha que está por venir. Una vez deshauciados todos los candidatos posibles, la mentira solo podría funcionar con una propuesta ganadora, y esta no es otra que aquella que reuniera los dos requisitos fundamentales que cada uno de los oponentes más valoraban en cualquier candidato:

¿Q-qué pasaría si fuera otro? ¿Daríais vuestro apoyo a un tercero?
—¿A quién, a Bowen Marsh? Sólo vale para contar cucharas. Othell sigue órdenes, hace lo que le dicen y lo hace bien, pero nada más. Slynt… Bueno, sus hombres lo aprecian, eso sí, y casi valdría la pena apoyarlo para ver si Stannis vomita, pero no. Tiene demasiado de Desembarco del Rey. A un sapo le salen alas y ya cree que es un dragón. —Pyke se echó a reír—. Así pues, ¿quién nos queda? ¿Hobb? Bueno, sí, lo podríamos elegir, pero entonces, ¿quién nos haría el guiso de carnero, Mortífero? Tienes pinta de gustarte el guiso de carnero.
[…]
Si no elegimos a un Lord Comandante esta noche, el rey Stannis nos impondrá a Cotter Pyke —susurró Sam—. Se lo dijo esta mañana al maestre Aemon después de haceros salir a los demás.
[…]
—Cualquier idiota —asintió Sam—. Hasta yo. Pero… Bueno, no sé, no debería decíroslo… pero el rey Stannis tiene intención de imponernos a Ser Denys si no elegimos a un lord comandante esta noche. Se lo dijo esta mañana al maestre Aemon, después de haceros salir a los demás.

 

Y, como si no fuera la cosa con él, lo cierto es que Sam se hace absoluto protagonista también de este instante crucial para la Guardia de la Noche y, por extensión, puede que para la humanidad entera. Porque su enfrentamiento con el Otro motiva el evidente interés que tanto Melisandre como Stannis tienen en su historia.

Habláis de la guerra por el amanecer, mi señora —murmuró el anciano—. Pero ¿dónde está el príncipe prometido?
—Lo tenéis delante de vosotros —declaró Melisandre—, aunque vuestros ojos no lo saben ver. Stannis Baratheon es Azor Ahai revivido, el guerrero de fuego. En él se cumplen las profecías. El cometa rojo surcó los cielos para anunciar su llegada y esgrime a Dueña de Luz, la Espada Roja de los Héroes.
A Sam le resultaba evidente que aquellas palabras incomodaban sobremanera al rey. Stannis apretó los dientes.
—Me llamasteis y acudí, mis señores —dijo—. Ahora tendréis que vivir conmigo o morir conmigo. Más vale que os vayáis acostumbrando. —Hizo un brusco gesto de despedida—. Eso es todo. Maestre, quedaos un momento. Y vos, Tarly. Los demás os podéis marchar.
«¿Yo? —pensó Sam, asombrado, mientras sus hermanos hacían una reverencia y se dirigían a la salida—. ¿Qué querrá de mí?»
—Tú fuiste el que mató a aquella criatura en la nieve —dijo el rey Stannis cuando los cuatro estuvieron a solas.
[…]
Me han contado que mataste a aquella criatura con una daga de obsidiana —le dijo a Sam.
—S-sí, Alteza. Me la dio Jon Nieve.
Vidriagón. —La risa de la mujer roja sonaba a música—. «Fuego helado», en la lengua de la antigua Valyria. No es de extrañar que sea anatema para esos fríos hijos de los Otros.
—En Rocadragón, donde tenía mi asentamiento, hay mucha obsidiana de ésta en los antiguos túneles bajo la montaña —dijo el rey a Sam—. Grandes rocas, inmensas. La mayor parte era negra, pero creo recordar que también la había verde, roja y hasta púrpura. He enviado un mensaje a Ser Rolland, mi castellano, para que empiece a extraerla. Me temo que no podré seguir defendiendo Rocadragón por mucho más tiempo, pero tal vez el Señor de la Luz nos conceda suficiente fuego helado para armarnos contra estas criaturas antes de que caiga el castillo.
—S-s-señor, la daga… —Sam carraspeó para aclararse la garganta—. Cuando traté de apuñalar a un espectro, el vidriagón se hizo pedazos.
La necromancia anima a esos espectros —explicó Melisandre con una sonrisa—, pero siguen siendo carne muerta. Para ellos bastará con acero y fuego. En cambio, ésos a los que llamas «los Otros» son diferentes.
—Demonios hechos de nieve, hielo y frío —dijo Stannis Baratheon—. El antiguo enemigo. El único enemigo que importa de verdad. —Volvió a concentrarse en Sam—. Me han dicho que esa chica salvaje y tú pasasteis bajo el Muro a través de una especie de puerta mágica.
—La P-puerta Negra —tartamudeó Sam—. Está debajo de Fuerte de la Noche.
—El Fuerte de la Noche es el más grande y más antiguo de los castillos del Muro. Ahí es donde pienso asentarme mientras dure esta guerra. Me mostrarás esa puerta.
—S-sí —dijo Sam—. A-aunque… no s-sé si…
«No sé si seguirá allí, no sé si se abrirá para alguien que no vista el negro, no sé si…»
—Me la mostrarás —zanjó el rey—. Ya te diré cuándo.
—Alteza —intervino el maestre Aemon con una sonrisa—, antes de retirarnos, ¿nos haríais el gran honor de mostrarnos esa espada maravillosa de la que tanto hemos oído hablar?
¿Queréis ver a Dueña de Luz? ¿No estáis ciego?
Sam será mis ojos.
—La ha visto todo el mundo —dijo el rey frunciendo el ceño—, ¿por qué no la va a ver también un ciego?
El cinturón del arma y la vaina colgaban de un clavo cerca de la chimenea. Lo bajó y desenfundó la espada larga. El acero rozó la madera y el cuero al salir, y su brillo bañó la estancia: trémulo, cambiante, una danza de luz naranja, roja y dorada, todos los colores del fuego.
—Cuéntame, Samwell —pidió el maestre Aemon tocándole el brazo.
Brilla mucho —dijo Sam con voz queda—. Como si estuviera en llamas. No hay fuego, pero el acero es amarillo, rojo y naranja, relampaguea y centellea como un rayo del sol sobre el agua, aunque más bonito. Ojalá la pudierais ver, maestre.
—Ahora la veo, Sam. Una espada llena de luz solar. Qué hermosa visión. —El anciano hizo una reverencia rígida—. Alteza, mi señora, habéis sido muy bondadosos.
Cuando el rey Stannis envainó la espada deslumbrante, la habitación pareció quedarse a oscuras, aunque el sol entraba a raudales por la ventana.
—Bien, ya la habéis visto. Ya podéis regresar a vuestras tareas. Y no olvidéis lo que os he dicho. Más vale que vuestros hermanos elijan a un Lord Comandante esta noche o haré que se arrepientan.
Mientras Sam lo ayudaba a bajar por la estrecha escalera, el maestre Aemon parecía perdido en sus pensamientos. Pero, cuando cruzaban el patio, se volvió hacia él.
No sentí ningún calor. ¿Y tú, Sam?
¿Calor? ¿De la espada? —Trató de hacer memoria—. Alrededor de la hoja el aire tremolaba, como si debajo hubiera un brasero caliente.
Pero el caso es que no sentiste calor, ¿verdad? Y la vaina donde estaba la espada era de madera y cuero, ¿no? Oí el sonido cuando Su Alteza la desenfundó. ¿Estaba chamuscado el cuero, Sam? ¿La madera parecía quemada en algún punto?
No —reconoció Sam—. Que yo viera, no.

 

Lo importante aquí es que, casi de refilón, Sam oye hablar por primera vez sobre las antiguas profecías, sobre la mítica espada del héroe definitivo y sobre la mayor reserva de vidriagón que se conoce. No deja de ser interesante que Sam se convierta en los ojos de Aemon, esto es, en los ojos de aquel que conoce las profecías y cuya autoridad puede ser tenida en cuenta, al menos hasta cierto punto. Ya sabemos, además, que la trama de Sam ahondará en alguno de estos aspectos en el libro siguiente. Pero lo cierto es que ahora, de forma un tanto precipitada, Sam recibe un torrente de información que puede ser más importante de lo que en un principio podría parecer, preparando el terreno quizá para lo que pueda llegar a descubrir en Antigua o para saber qué hacer cuando los falsos héroes comiencen a prodigarse durante el fin del mundo. Ahí estará él, un héroe de carne y hueso, para comenzar la salvación del mundo.

 

Y, ahora, vuestro turno: ¿qué destacaríais de este capítulo de Sam? ¿Creéis que la conversación con Stannis y Melisandre sobre las profecías, los héroes y el vidriagón va a marcar de algún modo la trama de Sam en adelante? ¿Volverán a verse las caras Sam, Melisandre y Stannis frente a la Puerta Negra?

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