En algún lugar a lo lejos, un hombre muriéndose estaba acordándose de su madre.

—¡A los caballos! —exclamaba el hombre en ghiscari, en el campamento más cercano, al norte del de los Segundos Hijos—. ¡A los caballos! ¡A los caballos!

Alta y estridente, su voz venía desde lejos gracias al aire de la mañana, desde más allá de su propio campamento. Tyrion sabía el ghiscari suficiente para entenderlo, pero el miedo en su voz habría sido evidente en cualquier lengua. “Sé cómo se siente”, pensó Tyrion.

Era la hora de encontrar su propio caballo, lo sabía. La hora de ponerse la armadura de algún hombre muerto, abrocharse al cinturón una espada y una daga, y dejar caer su yelmo sobre su cabeza. Había llegado la mañana y una migaja del sol naciente asomaba por detrás de los muros y las torres de la ciudad cegadoramente brillante. Hacia el oeste las estrellas se iban apagando una tras otra. Sonaban las trompetas entre los del Skahazadhan y los cuernos respondían desde los muros de Meereen. Un barco se estaba hundiendo en la boca del río, en llamas. Hombres muertos y dragones se movían por el cielo, mientras barcos de guerra chocaban en la bahía de los Esclavos. Tyrion no los veía desde ahí, pero podía oírlos: los choques de casco contra casco mientras los barcos se golpeaban, los profundos sonidos de los cuernos de los Hijos del Hierro y los extraños silbidos de los de Qarth, el batir de los remos, los gritos de batalla, el impacto de las hachas en las armaduras, de la espada contra el escudo, todos mezclados con los lamentos de los hombres heridos. Muchos de los barcos estaban aún lejos de la bahía, así que sus sonidos parecían desvanecerse lejos, pero sabía que todos eran iguales. La música de la matanza.

A trescientas yardas de donde se encontraba se alzaba la Hermana Malvada, lanzando con su largo brazo un puñado de cadáveres —”chunk…¡pum!”— que volaban, desnudos e inflados; pájaros pálidos muertos dando vueltas a través del aire como si no tuvieran huesos. Los campamentos de asedio resplandecían con un aura chillón de rosa y oro, pero las famosas pirámides de Meereen destacaban negras a través del brillo. Pudo ver que algo se estaba moviendo sobre una de ellas. “Un dragón pero ¿cuál? A esta distancia, podría fácilmente haber sido un águila. Un águila muy grande”.

Tras días escondido dentro de las rancias tiendas de los Segundos Hijos, el aire exterior olía fresco y limpio. Aunque no podía ver la bahía desde donde él estaba, el gusto a sal le indicaba que el mar estaba cerca. Tyrion llenó sus pulmones de él. “Un buen día para una batalla”. Desde el este, el sonido de tambores llegaba a través de la abrasada llanura. Una columna de hombres montados se destacaron tras La Bruja, portando los estandartes de los Hijos del Viento.

Un hombre más joven lo habría encontrado excitante. Un hombre más estúpido pensaría que era grandioso y glorioso, justo antes de que algún horrendo soldado esclavo yunkio con anillos en sus pezones plantara un hacha entre sus ojos. Tyrion Lannister lo sabía mejor. “Los dioses no me crearon para llevar una espada —pensó—. Entonces, ¿por qué siguen poniéndome en el medio de batallas?”.

Nadie le escuchó. Nadie le respondió. A nadie le importaba.

Tyrion se encontró pensando en la que fue su primera batalla. Shae había sido la primera en despertarse, debido a las trompetas de su padre. La dulce ramera que le había complacido durante media noche estaba temblando en sus manos, como una niña asustada. “¿O había sido todo eso también mentira, una estrategia para hacerme sentir bravo y brillante? Vaya máscara debía estar llevando”. Cuando Tyrion había llamado a Podrick Payne para que le ayudara con su armadura, se encontró al niño dormido y roncando. “No era el chico más ágil que he conocido, pero al final fue un escudero decente. Espero que encuentre un hombre mejor a quien servir”.

Era extraño, pero Tyrion recordaba Forcaverde mucho mejor que Aguasnegras. “Fue mi primera batalla. Nunca olvidas la primera”. Recordaba la niebla arrastrándose desde el río, avanzando sobre las cañas como pálidos dedos blancos. Y también recordaba la belleza de ese amanecer: las estrellas cubriendo un cielo púrpura, la hierba centelleando como espejos por el rocío de la mañana, un esplendor rojo en el este. Recordaba el toque de los dedos de Shae mientras le ayudaba a Pod con la desemparejada armadura de Tyrion. “Ese maldito yelmo. Como un cubo con una púa”. Recordó que esa púa le había salvado, le había hecho ganar su primera batalla, pero Groat y Penny nunca debieron parecer ni la mitad de ridículos que como él debía lucir aquel día. Recordó que Shae le había dicho que parecía “temible” cuando le vio en su armadura. “¿Cómo pude haber sido tan ciego, tan sordo, tan estúpido? Debería haber sabido hacer algo mejor que pensar con mi polla”.

Los Segundos Hijos estaban ensillando sus caballos. Lo hicieron de forma calmada, sin prisas, de manera eficiente: no era nada que no hubieran hecho cien veces antes. Algunos estaban pasando un pellejo de mano en mano, aunque no Tyrion no sabía decir si era vino o agua. Bokkoko estaba besando a su amante sin complejos, sobando las nalgas del chico con una de sus grandes manos y con la otra enredada en su pelo. Tras ellos, Ser Gribald estaba cepillando la melena de su gran caballo. Kem estaba sentado en una roca, mirando la tierra… recordando a su hermano muerto, quizá, o soñando con su amigo en Desembarco del Rey. Martillo y Clavo se movían entre los hombres, comprobando espadas y lanzas, ajustando armaduras, afilando las cuchillas que lo necesitaban. Snatch masticaba una hoja, haciendo bromas y rascando sus bolas con su mano con un garfio. Algo sobre sus maneras le recordaba a Tyrion a Bronn. “Ser Bronn del Aguasnegras ahora, salvo que mi hermana lo haya matado. Eso no sería tan fácil como Cersei podría pensar”. Se preguntó cuántas batallas habrían luchado estos Segundos Hijos. “¿Cuántas escaramuzas, cuantas incursiones? ¿Cuántas ciudades han asediado, cuántos hermanos han enterrado o dejado atrás pudriéndose?”. Comparado con ellos, Tyrion era un chico aún verde, sin probar, aunque había contado más años que la mitad de la compañía.

Meereen

Esta sería su tercera batalla. “Maduro y determinado, estampado y sellado, un guerrero probado, eso soy yo. He matado algunos hombres y herido a otros, yo mismo he recibido heridas y he vivido para contarlo. He liderado cargos, he oído a hombres gritar mi nombre, cortar a hombres más grandes y mejores, incluso saborear un poco de gloria… ¿y no era ese un rico vino para los héroes, y no querría yo probarlo de nuevo?”. A pesar de todo lo que había hecho y visto, la perspectiva de otra nueva batalla hacía que se le helara la sangre. Había viajado por medio mundo a través de palanquines, barcos y cerdos, había navegado en barcos esclavistas y galeones comerciales, había montado putas y caballos, mientras se decía todo el tiempo que no le importaba vivir o morir… solo para darse cuenta que al final le importaba bastante.

El Desconocido había montado su yegua pálida y estaba cabalgando hacia ellos con la espada en la mano, pero a Tyrion Lannister no le importaba encontrarse con él de nuevo. “No ahora. No todavía. No hoy. Qué fraude eres, Gnomo. Dejaste que un centenar de guardias violaran a tu esposa, disparaste a tu propio padre con una saeta, apretaste una cadena dorada sobre la garganta de tu amante hasta que su cara se puso negra, y aún así piensas que mereces vivir”.

Penny ya tenía puesta su armadura cuando Tyrion entró en la tienda que compartían. Se había puesto armaduras de madera durante años para su espectáculo, pero las armaduras verdaderas de malla y metal no eran tan distintas una vez que se dominan todas los cierres y hebillas. Y si el acero de la compañía estaba descolorido aquí y oxidado allá, arañado y manchado, no importaba. Aún debería ser lo suficientemente bueno como para detener una espada.

La única parte que no se había puesto era el casco. Cuando entró, ella le miró:

—Todavía no te has puesto la armadura. ¿Qué está pasando?
—Lo habitual. Barro, sangre y heroísmo, matanzas y muertes. Hay una batalla luchándose en la bahía, otra bajo los muros de la ciudad. Adonde quiera que giren los yunkios, tienen un enemigo detrás. La batalla más cercana aún está lejos de nosotros, pero estará aquí pronto. En un lado o en el otro.

Los Segundos Hijos estaban listos para otro cambio de amos, Tyrion estaba casi seguro de ello… Aunque había un abismo entre “seguro” y “casi seguro”. “Si he malinterpretado a mi hombre, estamos perdidos”.

—Ponte el casco y asegúrate de que los cierres estén enganchados. Me quité el mío una vez para no ahogarme y me costó la nariz —Tyrion se señaló a su cicatriz.
—Necesitamos que te pongas tu armadura primero.
—Si quieres, el coleto primero. El cuero, con los tacos de hierro. La malla anillada después, al final el gorjal —miró la tienda. –¿Hay vino?
—No.
—Teníamos media garrafa que nos sobró de la cena.
—Era un cuarto y te la bebiste.
—Vendería a mi hermana por una copa de vino —suspiró.
—Venderías a tu hermana por una copa de orín de caballo —fue tan inesperado que le hizo reír. “¿Es mi gusto por el orín de caballo tan conocido o es que has conocido a mi hermana”—. Solo la vi aquella vez, cuando hicimos justas por el niño rey. Groat pensó que era hermosa.
—Groat era un deforme y pequeño parásito con un nombre estúpido —”solo un necio cabalga a la batalla sobrio”—. Plumm tendrá algo de vino. ¿Qué pasará si muere en la batalla? Sería una pena desperdiciarlo.
—Sujeta tu lengua. Tengo que abrocharte esta hebilla.

Tyrion lo intentó, pero parecía que los sonidos de la matanza se iban haciendo más fuertes y su lengua no se sujetaba.
—Cara de Flan quiere usar a la compañía para mandar a los Hijos del Hierro de nuevo al mar —se escuchó contarle a Penny mientras ella le vestía—. Lo que tendría que haber hecho era mandar a todos sus caballos y sus eunucos a una carga total, antes de que avancen a diez pies de sus puertas. Mandar a los Gatos a por ellos desde la izquierda, a nosotros desde la derecha, disolver sus flancos desde ambos costados. Hombre a hombre, los Inmaculados no son mejores que cualquier otro lancero. Es su disciplina lo que los hace peligrosos, pero si no puede formar un muro de lanzas…
—Levanta los brazos —dijo Penny—. Así está mejor. Quizás deberías comandar a los yunkios.
—Ellos usan esclavos de soldados, ¿por qué no comandantes esclavos? Eso arruinaría la competición, por desgracia. Esto es solo un juego de sitrang para los Sabios Amos. Somos las piezas —Tyrion inclinó su cabeza a un lado, considerándolo—. Esos esclavistas tienen algo en común con mi señor padre.
—¿Tu padre? ¿Qué quieres decir?
—Estaba recordando mi primera batalla. Forcaverde. Luchamos entre un río y un camino. Recuerdo que pensé, cuando vi las huestes de mi padre, lo bello que era. Como una flor abriendo sus pétalos al sol. Una rosa carmesí con espinas de hierro. Y mi padre, ah, nunca pareció tan resplandeciente. Llevaba una armadura carmesí, con su enorme capa hecha de tela de oro. Un par de leones dorados en sus hombros, otro en su yelmo. Su caballo era magnífico. Observaba toda la batalla desde lo alto de aquel caballo y jamás estuvo ni a cien yardas de un enemigo. Nunca se movía, nunca sonreía, nunca sudaba mientras miles morían a sus pies. Imagíname, encaramado en un taburete en el campamento, sobre un tablero de sitrang. Podríamos ser casi gemelos… si yo tuviera un caballo, una armadura carmesí y una gran capa cosida con tela de oro. Él era más alto, también. Yo tengo más pelo.

Penny le besó.

Ella se movió tan rápido que no tuvo tiempo para pensar. Se lanzó hacia él, rápida como un pájaro, y presionó sus labios contra los de Tyrion. Tan rápido como llegó se terminó. “¿Qué ha sido eso?”, estuvo a punto de decir, pero sabía por qué había sucedido. “Gracias” estuvo a punto de volver a decir, pero sabía que eso le haría hacerlo de nuevo. “Niña, no deseo hacerte daño”, podría haber intentado, pero Penny no era una niña y sus deseos no mitigarían el golpe. Por primera vez en más tiempo del que se preocupaba por recordar, Tyrion se había quedado sin palabras. “Parece tan joven”, pensó. “Una chica, es lo que es. Una chica, y casi guapa si olvidas que es una enana”. Su pelo era marrón cálido, espeso y rizado, y sus ojos eran largos y confiados. “Demasiado confiados”.

—¿Oyes ese sonido? —dijo Tyrion. Ella escuchaba.
—¿Cuál es? —dijo mientras le ponía un par de desparejadas grebas en sus enanas piernas.
—Guerra. A cada lado de nosotros y a no más lejos de una legua. Eso es una matanza, Penny. Eso son hombres cayéndose al barro mientras se les salen las entrañas. Eso son miembros cortados, huesos rotos y charcos de sangre. ¿Sabes cómo sale los gusanos tras una lluvia intensa? He escuchado que hacen los mismo tras una gran batalla si suficiente sangre empapa la tierra. Eso es El Desconocido viviendo, Penny. La Cabra Negra, El Niño Pálido, el Dios de Muchos Rostros, llámalo como quieras. Es la muerte.
—Me estás asustando.
—¿Te estás asustando? Bien. Deberías estar asustada. Tenemos a los Hijos del Hierro infestando la costa y a ser Barristan y sus Inmaculados saliendo de las puertas de la ciudad, con nosotros en medio, luchando en el maldito bando equivocado. Yo mismo estoy aterrorizado.
—Eso dices, pero aún así haces bromas.
—Las bromas son una manera de mantener lejos el miedo. El vino es otra.
—Eres valiente. La gente pequeña puede ser valiente —”mi gigante de Lannister”, escuchó Tyrion. “Se está riendo de mí”. Casi la abofeteó de nuevo. Su cabeza le estaba martilleando—. Nunca quise hacerte enfadar —siguió Penny—. Perdóname, estoy asustada, eso es todo —ella tocó su mano.

Tyrion se separó de ella. “Estoy asustada” fueron las mismas palabras que Shae había usado. “Sus ojos eran grandes como huevos, y me los tragué enteros. Sabía que lo eran. Le dije a Bronn que me buscara una mujer y me trajo a Shae”. Sus manos se cerraron hasta ser puños y la cara de Shae estaba ante él, riendo. Entonces la cadena estaba ahogando sus garganta, las manos doradas enterrándose profundamente en su carne mientras sus manos aleteaban ante su cara con la fuerza de mariposas. Si él hubiera tenido una cadena a mano… si él hubiera tenido una ballesta, una daga, algo, habría… él podría haber hecho… Él…

Fue entonces cuando Tyrion escuchó los gritos. Estaba perdido en una furia negra, ahogándose en un mar de recuerdos, pero el griterío le trajo de vuelta al mundo a toda velocidad. Abrió sus manos, respiró, se alejó de Penny. “Algo está pasando”. Se fue fuera a descubrir qué era. “Dragones”.

La bestia verde estaba dando vueltas sobre la bahía, descendiendo y girando mientras barcos y galeras chocaban y ardían bajo él, pero era al dragón blanco al que los mercenarios estaban mirando embobados. A trescientas yardas la Hermana Malvada movía su brazo —”chunk… ¡pum!”— y seis cadáveres frescos iban danzando por el aire. Arriba se alzaban, arriba y arriba. Entonces dos estallaron en llamas.

Viserion, ilustración por Chris Burdett

El dragón cogió un cuerpo ardiente mientras empezaba a caer, triturándolo entre sus fauces. Sus alas blancas se batieron en el sol matinal y la bestia comenzó a ascender de nuevo. El segundo cadáver, tras salir despedido de una garra, se precipitó hacia el suelo para aterrizar entre algunos caballeros yunkios. Algunos de ellos se prendieron en llamas también. Un caballo se alzó y derribó a su jinete. Otros corrieron, tratando de alejarse de las llamas y acabando al final en ellas. Tyrion Lannister casi podía saborear el pánico mientras se extendía por el campamento.

El afilado y familiar sonido de la orina llenó el aire. El enano miró y se alegró de ver que era Tintas el que se había meado, no él.

—Mejor que te cambies tus calzones —le dijo Tyrion—. Y mientras lo haces, cambia tu capa —el jefe de cuentas palideció pero no se movió.

Estaba allí de pie, mirando como el dragón iba atrapando cadáveres del aire, cuando llegó el mensajero. “Un maldito mensajero”. Tyrion lo vio al momento. Iba vestido en una armadura dorada y montado en un caballo dorado. Anunció con voz fuerte que venía de parte del comandante supremo de los yunkios, el noble y poderoso Gorzhak zo Erak.

—Lord Gorzhak quiere mandar sus felicitaciones al Capitán Plumm y le pide que lleve su compañía a la bahía. Nuestros barcos están siendo atacados.

“Vuestros barcos están hundiéndose, en llamas, huyendo” pensó Tyrion. “Vuestros barcos están siendo capturados, vuestros hombres siendo asesinados”. Él era un Lannister de Roca Casterly, cerca de las Islas del Hierro; los saqueos de los Hijos del Hierro no eran extraños en sus costas. Durante el paso de los siglos habían quemado Lannisport al menos tres veces y la habían asaltado dos docenas. Los hombres del Oeste sabían las salvajadas de las que eran capaces los Hijos del Hierro, pero estos esclavistas solo lo estaban aprendiendo.

—El capitán no está aquí ahora —dijo Tintas al mensajero—. Ha ido a ver a la Chica General.
—La comandancia de Lady Malazza terminó al alzarse el sol —el jinete señaló al sol—. Haced lo que Lord Gorzhak os ha instruido.
—¿Atacar a los barcos del kraken, decís? ¿Los que están en el agua? —el jefe de cuentas estaba helado—. No sé yo cómo, pero cuando Ben vuelva le diré lo que vuestro Gorzhak quiere.
—Os doy una orden. Lo haréis ahora.
—Solo recibimos órdenes de nuestro capitán —dijo Tintas en su habitual tono apacible—. No está aquí. Te lo he dicho —el mensajero había perdido su paciencia. Tyrion lo podía ver.
—La batalla ha empezado. Vuestro comandante debería estar aquí con vosotros.
—Podría, pero no lo está. La chica le mandó llamar. Él fue.
—¡Debéis llevar a cabo vuestras órdenes! —el mensajero se puso púrpura.
—Con su permiso —dijo Snatch al jinete yunkio tras escupir una bola de las hojas que estaba mascando por el lado izquierdo de su boca—, pero somos jinetes, como mi señor. Bien, un caballo de guerra adiestrado puede cargar ante un muro de lanzas. Algunos saltarán sobre una zanja con fuego. Pero nunca he visto a un caballo cabalgar sobre el agua.
—Los barcos están descargando hombres —gritó el noble yunkio—. Han bloqueado la boca del Skahazadhan con un barco en llamas y a cada instante que estamos aquí hablando otro centenar de espadas viene a través de los bajíos. ¡Reunid a vuestros hombres y llevadlos al mar!  ¡A la vez! ¡Gorzhak lo ordena!
—¿Cuál es Gorzhak? —preguntó Ken—. ¿Es él el Conejo?
—Cara de Flan —dijo Tintas—. El Conejo no es lo suficientemente estúpido como para mandar caballería ligera contra barcos.

El jinete había escuchado bastante.

—¡Informaré a Gorzhk zo Erak de que rechazáis cumplir sus órdenes! —dijo fríamente. Entonces hizo dar la vuelta a su caballo dorado y galopó por donde había venido, seguido por las risas de los mercenarios.

Tintas fue el primero en dejar de reír.

—Suficiente —dijo, súbitamente solemne—. Volvamos a lo nuestro. Ensillad los caballos. Quiero que cada hombre esté listo para cabalgar cuando Ben vuelva con las órdenes adecuadas. Y apagad esa lumbre. Podréis quitaros el apetito cuando la batalla esté terminada si vivís lo suficiente —miró a Tyrion—. ¿De qué te ríes? Pareces un pequeño bufón en esa armadura, Mediohombre.
—Mejor parecer un bufón que ser uno —replicó Tyrion—. Estamos en el bando equivocado.
—El Mediohombre tiene razón —dijo Jorah Mormont—. No querremos luchar por los esclavistas cuando Daenerys vuelva… y ella volverá, no os equivoquéis. Golpead ahora y golpead fuerte, y la reina no lo olvidará. Encontrad a sus rehenes y liberadlos. Y prometeré por el honor de mi casa y mi hogar que este era el plan de Ben el Moreno desde el principio.

En las aguas de la bahía de los Esclavos otra de las galeras de Qarth se llenó con un súbito “fuuuuuus” de llamas. Tyrion podía oír las trompetas de los elefantes en el este. Los brazos de las seis hermanas se alzaban y caían, lanzando cadáveres. Los escudos chocaban contra otros escudos mientras dos lanzas se juntaban bajo las murallas de Meereen. Los dragones giraban sobre ellos, con sus sombras barriendo las caras de aliados y enemigos por igual.

—Yo guardo los libros y custodio nuestro oro —dijo Tintas alzando sus manos—. Firmo los acuerdos, recolecto nuestros sueldos, aseguro que tengamos dinero para comprar provisiones. No decido por quién o cuándo luchamos. Eso lo decide Ben el Moreno. Decídselo cuando vuelva.

Para cuando Plumm y sus compañeros volvieron galopando del campamento de la Chica General, el dragón blanco había vuelto a su guarida en lo alto de Meereen. El verde seguía merodeando, alzando el vuelo en amplios círculos sobre la ciudad y la bahía con sus grandes alas verdes.

Ben Plumm, ilustración por The Mico

Ben Plumm llevaba armadura sobre cuero. La capa de seda que colgaba de sus hombros era la única concesión a la vanidad: ondulaba cuando se movía, cambiando su color del violeta pálido al púrpura oscuro. Bajó de su yegua y le dio las riendas a un mozo de cuadra, y le dijo a Snatch que convocara a sus capitanes.

—Decidles que se den prisa —añadió Kasporio.

Tyrion no era siquiera un sargento, pero sus partidas de sitrang le habían hecho una vista familiar en la tienda de Ben el Moreno y nadie intentó detenerle cuando entró con el resto. Además de Kasporio y Tintas, Uhlan y Bokkoro estaban entre los convocados. Ser Jorah Mormont también.

—Nos han ordenado defender la Hermana Malvada —les informó Ben el Moreno. Los otros hombres intercambiaron miradas inquietas. Ninguno parecía querer hablar hasta que Ser Jorah preguntó:
—¿Bajo qué autoridad?
—La de la Chica. Ser Abuelo va hacia La Bruja, pero teme que vaya después hacia Hermana Malvada. El Fantasma ya ha caído. Los hombres libres de Marselen rompieron a los Lanzas Largas como si fueran palos podridos y les arrastraron con las cadenas. La Chica se figura que Selmy quiere destruir todas las catapultas.
—Es lo que haría en su lugar —dijo Ser Jorah—, solo que yo lo habría hecho antes.
—¿Por qué está la Chica dando órdenes? –Tintas sonó desconcertado—. La noche vino y se fue. ¿No puede ver el sol? Se está comportando como si todavía fuera el comandante supremo.
—Si fueras ella y supieras que Cara de Flan fuera a tomar el control, seguirías también dando órdenes —dijo Mormont.
—Uno no es mejor que el otro —insistió Kasporio.
—Cierto —dijo Tyrion—, pero Malazza tiene mejores tetas.
—Es con ballestas como puedes guardar la Hermana Malvada —dijo Tintas—. Escorpiones. Catapultas. Es lo que necesitas. No usas hombres montados para defender una posición fija. ¿Quiere esta niña que desmontemos? Entonces, ¿por qué no usa sus lanzas u hondas?

Kem introdujo su cabeza pálida y rubia dentro de la tienda.

—Siento interrumpir, mis señores, pero otro jinete ha llegado. Dice que tiene nuevas órdenes del comandante supremo.

Ben el Moreno miró a Tyrion y después se encogió de hombros.

—Mándale aquí.
—¿Aquí? —preguntó Kem, confuso.
—Aquí es donde parece que estoy —dijo Plumm, con algo de irritación. –Si va a otra parte, no me encontrará.

Kem marchó afuera. Cuando volvió, mantuvo abierta la tela de la puerta de la tienda para que entrara un noble yunkio con una capa de seda amarilla y pantalones a juego. El aceitoso pelo negro del hombre había sido retorcido, rizado y tratado hasta parecer que un centenar de pequeñas rosas brotaban de su cabeza. En su armadura había una escena de tan encantadora depravación que Tyrion sintió cierta afinidad.

—Los Inmaculados están avanzando hacia la Hija de la Arpía —anunció el mensajero—. Barbasangre y dos legiones ghiscari se alzan ante ellos. Mientras guardan la línea, debéis aparecer por detrás de los eunucos y atacarles desde la retaguardia, sin dejar a uno con vida. Este es el encargo del noble y fuerte Morghar zo Zherzyn, comandante supremo de los yunkios
—¿Morgar? —frunció el ceño Kasporio—. No, Gorzhak comanda hoy.
—Gorzhak zo Erak fue asesinado, ejecutado por traición pentoshiana. El noble Morghar jura que el cambiacapas que se hace llamar Príncipe Desharrapado morirá gritando por esta infamia.

Ben el Moreno rascó su barba.

—¿Los Hijos del Viento se han cambiado de bando, no? —dijo, en un tono de suave interés.

Tyrion se rió.

—Y hemos cambiado a Cara de Flan por el Conquistador Borracho. Es un milagro que se haya logrado arrastrar del pellejo lo suficiente para dar una orden medio sensata.

El yunkio miró al enano.

—Guarda tu lengua, tú, vil… —su réplica se debilitó—. Este insolente enano es un esclavo huido —declaró impactado—. Él es propiedad del noble Yezzan zo Qaggaz y su sagrada memoria.
—Te equivocas. Él es mi hermano de armas. Un hombre libre y un Segundo Hijo. Los esclavos de Yezzan portan collares dorados —Ben el Moreno sonrió con su más amistosa sonrisa—. Collares dorados con campanillas. ¿Oís las campanillas? Yo no las oigo.
—Los collares pueden ser quitados. Solicito que el enano sea entregado para ser castigado ahora mismo.
—Eso parece riguroso. Jorah, ¿qué piensas?
—Esto —la espada de Mormont estaba en su mano. Cuando el jinete se dio la vuelta, ser Jorah atravesó su garganta. La punta salió por la parte de atrás del cuello del yunkio, roja y mojada. La sangre salió a borbotones de sus labios y se derramó por su mentón. El hombre dio dos pasos tambaleantes hacia atrás y cayó sobre el tablero de sitrang, esparciendo las piezas de madera por todas partes. Se contrajo un par de veces más, agarrando la hoja de la espada de Mormont con una mano mientras en la otra se agarraba débilmente a la mesa caída. Solo entonces el yunkio pareció darse cuenta de que estaba muerto. Cayó boca abajo en la alfombra en un barullo de sangre roja y rosas negras aceitosas. Ser Jorah sacó su espada del cuello del muerto. La sangre todavía brotaba de ella.

El dragón blanco del sitrang terminó a los pies de Tyrion. Lo alzó y lo limpió con su mano, pero parte de la sangre del yunkio se había depositado en los finos surcos de la talla, así que la madera pálida parecía tener venas rojas.

—Alabemos todos a nuestra querida reina, Daenerys, esté viva o muerta —lanzó el dragón al aire y lo cogió, sonriendo.
—Siempre hemos sido hombres de la reina —anunció Ben Plumm—. Unirse a los yunkios era solo una treta.
—Y qué treta tan inteligente —Tyrion empujó al hombre muerto con su bota—. Y esa armadura me vale, la quiero para mí.

Traducido por Los Siete Reinos

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