“Se acerca el invierno”, dicen los Stark. Y parece que en la posada están decididos a que no les pille desprevenidos. Sin embargo, a veces las cosas se precipitan y el final llama a la puerta como si fuera otro huésped.

Una y, al menos por ahora, última vez más tenemos otra edición con un apetitoso menú y con una historia que, hablando claro, engancha. Para los que no hayáis tenido oportunidad de leer las anteriores ediciones, podéis hacerlo aquí. Os recordamos también que Festín está dedicado a la cocina en el mundo de Martin. Y, para inspirarnos, nada mejor que el libro Festín de Hielo y Fuego y este blog propiedad de las mismas autoras. 


Una historia de la posada. Séptima parte

— Wilma Deering —


Estuvo reuniendo fuerzas para hablar durante el desayuno. Los huéspedes no se habían levantado aún pero tanto él como Jeyne y el resto de mozos y mozas que trabajaban en la posada se hallaban ya sentados a la mesa en la cocina y, según iban terminando, iban incorporándose a sus rutinas diarias. Intentó hacer tiempo todo lo que pudo y durante un buen rato se quedó mirando fijamente su plato de gachas con miel y mantequilla como si fueran algo que no hubiera visto nunca antes en su vida. Realmente le estaba costando todo aquello. Por fin, aclarándose la voz, fue poco a poco levantando la mirada hasta tropezarse con los ojos verdes de Jeyne…

A decir verdad todo lo que vino después le sorprendió solo a medias. La mitad sorprendente fue descubrir que él también tenía su papel en todo aquello. Uno no guarda un cruce de caminos en las Tierras de los Ríos solo para proveer de cama y comida al viajero… Pero había que ponerlo todo en orden con los huéspedes actuales de su posada.

Los primeros con los que tuvo ocasión de coincidir fue con el viajero de Pentos, el dorniense y el bardo. Aprovechando que el tiempo volvía a ser extrañamente caluroso y soleado, se habían reunido a media mañana entorno a una mesa en el exterior a tratar sus… negocios. Se acercó a ellos bandeja en mano, con un sorbete a juego con el día. Que el dorniense y el bardo se conocían es algo que quedó patente desde el primer momento en que el músico hizo acto de aparición por allí; lo que no pudo ni hubiese podido adivinar nunca es que aquello pudiera tener también implicaciones mágicas. Ah sí, claro, incluso allí se decía que los Hijos del Bosque podían crear una música tan bella que era capaz de hacer llorar a todo el que la escuchara. ¿Pero Braavos? A lo visto no solo era un mensajero más en aquella parte de la trama, un ajustador de piezas en Desembarco y otras villas y ciudades. Como el de Dorne y el de Pentos, vamos. Lo que estaba moviéndose era mucho más. “Fuego y Sangre” decía el de Pentos, por cierto. Jeyne ya le había advertido que despertar dragones dormidos no solo era una frase hecha para convocar a antiguos señores fieles a los Targaryen, también se estaba convirtiendo en algo literal. Y ese despertar estaba llegando no solo a Poniente sino también a las Ciudades Libres e incluso al interior de Essos, sorprendentemente. “Para esta parte de la partida hacen falta tres piezas: dos para el juego de tronos, una para el juego oculto”. Se precisaba también de un cruce de caminos para que las tres piezas coincidieran y una posada ayudaba a que, efectivamente, tuvieran dónde coincidir. Aquel pensamiento le hacía sentirse a su vez como una pieza más en una partida jugada por los dioses. “Hasta los dioses son piezas”, le había respondido Jeyne.

A mediodía tuvo ocasión de reunirse con el grupo norteño. Había llevado y estado mordisqueando algunos de los panecillos de pasas, manzana y piñones que Jeyne acostumbraba a hacer tanto para acompañar las carnes como para engañar el hambre del camino en un triste y vano intento de no volver a caer en probar bocado con los lacustres cerca, pero el ganso con salsa de moras era demasiado. Igualmente, ni el gordo ni los comerranas se molestaban ya en ocultarle nada. A los norteños de siempre les había gustado amenazar con la proximidad del invierno. O eso le había parecido siempre a él. Hoy entendía que no era una frase de amenaza sino de precaución. Si aquel invierno iba a ser como no se había visto en miles de años, había que proveerse muy bien para sobrevivir a él. Es más, según los lacustres, el frío no iba a retroceder por sí solo. Se acercaba la hora más oscura que, para ellos, era también la hora del lobo y las cosas no pintaban bien ni en el Norte ni en los Ríos. Había que seguir alerta. Ellos eran Hombres Verdes, como lo era Lord Blackwood y alguno más. Mientras unos se encargaban de proteger el legado de una isla donde los dioses meditaban vigilantes con mil y un ojos y por sobre la que ya habían danzado los dragones en ocasiones anteriores, otros se habían de encargar de restablecer el equilibrio de poder de los hombres en ambas tierras. “La hora del lobo también está cerca”, le había indicado el gordo mientras guiñaba un ojo de forma traviesa, “y su nombre es Stark”. “Sí, y para esto también era necesario un lugar donde los viajeros se encuentren en un cruce de sus caminos respectivos”, no pudo por menos que pensar él.

Después de aquello, hubo de reconocer que todavía le quedaba un tercer asunto que terminar de aclarar. Inesperadamente, porque en un principio no lo había visto así, pero ya que las casualidades habían dejado de existir bajo su techo aquella, decidió, la tomaría él. A media tarde, a eso de la hora del té, casi siempre reinaba la tranquilidad en la posada. Momento perfecto para reunirse con Penny y su chico herrero. Mientras daban cuenta del crujiente de manzana preparado para la tarde decidió lanzar su oferta. En realidad, visto en perspectiva, no podía ser otra. Si tan cercano estaba el invierno y si tan necesaria era la posada para que los dioses pudieran seguir jugando al sitrang con el destino de los mortales, si hasta ellos mismos no eran más que piezas que otras fuerzas podían mover, entonces subía su ofrecimiento original de que se quedaran un tiempo ayudando en la posada a que se quedaran en ella hasta el día en que él y Jeyne faltaran. Por primera vez en lo que llevaba de día vio un par de caras sorprendidas frente a él. Para aplacar sus dudas les garantizó que allí estarían seguros y que nadie les reconocería. En realidad, sabía ya que en ese aspecto la suerte había estado echada desde el momento en que cruzaron el umbral. Si alguien había de descubrirles, lo haría al día siguiente de su llegada; si no, tanto daba que pasaran toda una eternidad allí. Vio ilusión en la mirada de ambos, aunque todavía empañada por algo de miedo. Con aquello le bastó. El tiempo y la costumbre les iría convenciendo.

Aquella noche, tras una cena consistente en jamón con clavos de olor, miel y bayas secas que compartieron todos, volvió a reunirse con Jeyne para terminar de zanjar algunos temas. Le contó su idea sobre Penny y el herrero. Ella estuvo de acuerdo. Ambos sabían que después de aquel invierno nada volvería a ser igual. “A fin de cuentas, el mundo ya no será el mismo. Quizás lo mejor sea que también cambie la posada”. “La posada no va a cambiar pero quizás sí los caminos. Igualmente, siempre tendrán que cruzarse en algún punto para que la vida siga su curso, como las aguas del Tridente. Allí donde los caminos se crucen, tendrá que haber una posada”.

 

Y estas son las recetas del Festín de hoy, a las que es sencillo seguir la pista dentro del texto. Click en la imagen para la receta, click en el nombre para ir al sitio del autor. Aún así, las presentamos también en modo “menú”:

Desayuno

Media mañana

Almuerzo

Merienda

Cena

Y bien, ¿qué os ha parecido la séptima y última entrega de nuestra historia de la posada? ¿Os ha sorprendido algún personaje en especial? ¿Conocíais algunas de las recetas de esta edición del Festín? Si es así, ¿habéis probado o cocinado alguna? Y, en caso de que no, ¿os atreveréis a poneros el delantal y emular a Jeyne? De entre todas las recetas, ¿cuál es la que realmente despierta en vosotros un hambre voraz?
 

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