Ñam ñam… Hoy nos hemos despertado con más hambre que en la edición anterior, así que no perdamos más tiempo y vamos a zambullirnos. Primero, en la segunda parte de nuestra historia de la posada, y después, en ese ramillete de recetas que componen el menú de esta nueva edición. Para los que no hayáis tenido oportunidad de leer la anterior lo podéis hacer aquí. Os recordamos también que esta sección es un especial dedicado a la cocina en el mundo de Martin, basado en el libro Festín de Hielo y Fuego y en un blog propiedad de las autoras de este mismo libro.


Una historia de la posada. Segunda parte

— Wilma Deering —


Todavía le latían las sienes cuando lo recordaba. El forastero y el tallo se habían enfrascado en una discusión sobre no sé qué historia de cierto negocio y cierta cantidad de dinero que le parecía vieja como el Tridente. Pero los ánimos se habían ido calentando, los norteños se creyeron en la obligación de intervenir, el ruido y las voces hicieron que bajaran también los guardias de las señoras y, para cuando se quiso dar cuenta, toda la sala común era un infierno.

Lejos de su intención meterse en esos fregados, una de las normas de la profesión era desaparecer de allí hasta que tan ilustres caballeros terminaran de demostrarse su gran amor y aprecio. Ya habría tiempo después para limpiar la mierda, acordarse de sus madres y hacer recuento de daños y pérdidas. Pero aquel puto niño harapiento había decidido intervenir también. Se movía como una comadreja y lanzaba todo lo que encontraba… y encontraba mucho, el muy animal. No lo vio venir. El madero suelto que, no pudo dejar de pensar con dolor, había formado parte hasta hacía poco tiempo del mobiliario se fue a estrellar contra su cabeza deseándole las buenas noches. Para cuando volvió en sí, todo había terminado.

Por lo que Jeyne le pudo contar después, los norteños y los del Dominio pudieron llegar a aclararse gracias a los gritos del gordo y a cierta intervención de las septas que, la verdad sea dicha, prefería ignorar. Como gesto de buena voluntad, el gordo había invitado a las dos señoras de buena mañana a un desayuno digno de su categoría, sin perder su estilo eso sí, y éstas habían correspondido invitándole a pasar la mañana fuera, seguramente cerca del río. A Jeyne le habían pedido que les preparara su sopa de rosas y a él le había dado por pensar que tantos cuchicheos al aire libre y tanta galantería fuera de castillo no podía ser para nada bueno.

En la posada quedaron el forastero y el tallo con el niño. El primero tampoco es que hubiera escapado demasiado bien del encontronazo pero, por lo que pudo comprobar él mismo, parecía más dolido en sus alforjas que en sus carnes. Por lo visto el tipo vivía de ciertos negocios, en los que prefería no ahondar, viajando de un lado a otro del Mar Angosto y saltando de una Ciudad Libre a otra como una pulga salta de perro en perro. No era de extrañar que no hubiera reconocido su acento. A lo que parecía, era originario de Pentos y se podía decir que se había criado en los caminos y rutas más transitadas por los amigos del comercio. Ahí es donde entraba el tallo. Según versión del recién llegado, le debía cierta bolsa de dragones desde mucho tiempo atrás. No le había quedado demasiado clara la naturaleza del trato pero sí que le seguía la pista desde cerca de Desembarco del Rey. Alguien le había reconocido. Quizás, en ciertos círculos, era conocido. Le estaba empezando a doler la cabeza de nuevo con tanto lío.

Tanto daba. A los recios norteños y a las nobles damas se les había metido en la cabeza que fuera el de Pentos quien pagara deudas pasadas y presentes para zanjar el asunto y él, desde luego, visto el desaguisado, no tenía absolutamente nada que objetar. El forastero quedó más ligero de equipaje que cuando llegó y el tallo se hizo con sus dragones. Hasta el niño parecía normal aquel día, algo más limpio y sin objetos arrojadizos en las manos.

Llegado el mediodía y con todo el mundo de vuelta, sirvieron los pollos con salsa de menudillos que eran una de las especialidades de Jeyne acompañados de una ensalada especial solicitada por las damas. El tallo y el niño se despidieron de los presentes poco después, con su propia provisión de comida facilitada por la posadera y con algún extra más en forma de una pequeña ración de los pastelillos de miel horneados aquel día para ser consumidos a media tarde. Otra de las especialidades de Jeyne. El forastero había decidido quedarse en su habitación lamiéndose las heridas y el orgullo. Mejor así.

Empezaba a menguar ya el día cuando un par de comadrejas del Cruce se presentaron en la posada preguntando por el par desaparecido la mañana anterior. La verdad sea dicha, después de los disgustos pasados, no se había vuelto a acordar de ellos. Ni falta que hacía. Parecían dispuestos a marchar sin apenas pararse a indagar mucho más cuando el gordo norteño se ofreció a invitarles a su mesa con la excusa de prestarles la ayuda que necesitaran en su búsqueda. Mientras les adelantaba una ración del pastel de carne sobrante de la noche anterior, sonrió de una manera tal que, sin saber por qué, le produjo escalofríos.

En esa imagen estaba pensando precisamente justo antes de quedarse dormido aquella noche, suspirando de alivio por haber sobrevivido entero a aquella crisis, cuando unas voces le llegaron desde la entrada.
“¡Ah de la posadaaaa!” Gritaba una voz con un fuerte acento dorniense. Mientras Jeyne se incorporaba a su lado para improvisar en la cocina alguna cena sencilla, el posadero no pudo evitar pensar hasta cuándo, por las tetas del rey Maegor, iba a tener que aguantar aquellas visitas intempestivas.

                                     Continuará…

 

Vaya, vaya, pues otra vez nos hemos quedado con ganas de seguir leyendo esta interesante historia. Así que estaremos atentos a próximas ediciones.

Y, sin más preámbulos, aquí tenéis las recetas de hoy a las que, como podéis ver, es sencillo seguir la pista dentro del texto (click en la imagen para la receta, click en el nombre para ir al sitio del autor). Aún así las presentamos en modo «menú»: desayuno, bocadito de media mañana, almuerzo fuerte compuesto por dos platos, merienda y, para terminar el día, una sencilla cena para ir a descansar con el estómago lleno pero liviano, no vaya a ser que las pesadillas sean el acompañante no deseado de cama para esta noche.

Desayuno

Media mañana

Almuerzo

 

 

 

 

 

Merienda

Cena

Y bien, ¿qué os ha parecido la segunda parte de la historia de la posada? ¿Conocíais ya algunas de estas recetas? Si es así ¿habéis probado o cocinado alguna? Y, en caso de que no, ¿os atreveréis a poneros el delantal y emular a Jeyne, la cocinera de nuestra posada? De entre todas, ¿cuál es la que más os llama la atención o provoca que vuestras glándulas salivales no puedan parar?

Vamos vamos, cocinillas, que en quince días volvemos a tener una nueva edición.

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