“Lo que está muerto no puedo morir”, dicen allá en las islas. Pasad un día en la posada de Jeyne, coméoslo todo y a ver quién es el guapo, o la guapa, que se levanta al día. Ja, después de esto se puede abrazar la dulce muerte. En fin, una vez más tenemos otra edición con un espectacular menú y con una historia que, hablando claro, engancha. Para los que no hayáis tenido oportunidad de leer las anteriores ediciones, podéis hacerlo aquí. Os recordamos también que Festín está dedicado a la cocina en el mundo de Martin. Y, para inspirarnos, nada mejor que el libro Festín de Hielo y Fuego y este blog propiedad de las mismas autoras. 


Una historia de la posada. Quinta parte

— Wilma Deering —


Las damas y su séquito abandonaron la cama y empezaron a prepararse para la marcha en lo más oscuro de la noche, justo antes del amanecer, en la hora del lobo. Ese momento del día en el que absolutamente todo está en silencio: las criaturas nocturnas ya se han retirado, las diurnas todavía han de despertar. En ocasiones como aquella se preguntaba qué clase de criatura era el hombre si venía a montar jaleo precisamente cuando el resto del mundo tenía a bien guardar silencio. Habitaban un mundo loco, ya lo decía su pobre padre, y ahí estaba él, ayudando también a empacar a sus todavía huéspedes. Armando más jaleo todavía si cabe. Por supuesto.

La comitiva partió justo en el momento en que despuntaba la primera luz del día, después de despedirse del grupo de norteños aparecido en el último momento para cumplir con el ritual de las formas. Dado lo temprano de la hora, el desayuno hubo de ser inusualmente ligero, compuesto de diferentes frutas, mantequilla recién batida y un pan de algas que sabía a mar.

Poco a poco, la posada se fue desperezando. El resto de huéspedes fue bajando y ocupándose de sus quehaceres diarios. A propósito de huéspedes, si la nueva y por lo que parecía productiva amistad entre el tío de Pentos y el dorniense ya le extrañaba, más le escamaba la aparición de un par de lacustres por aquellos pagos. No es que le fueran desconocidos, aquello era las Tierras de los Ríos y lo seguiría siendo hasta el día en que el Tridente se secara. La Isla de los Rostros estaba a un tiro de piedra de allí, y si esta gente se movía alguna vez fuera de su queridísimo, sombrío y húmedo Cuello era precisamente para ir al Ojo de Dioses. Por alguna razón, le dio por acordarse de la abuela de Jeyne y sintió un extraño escalofrío recorriendo su espalda. Pero no acostumbraban a mezclarse con los demás hombres. ¿Era distinto, quizás, cuando se trataba de norteños? Últimamente le asaltaban demasiadas preguntas que temía responder.

Le vino a sacar de sus ensoñaciones la última ocurrencia de las niñas de las señoras antes de partir. De alguna manera, se las habían ingeniado para ocupar en algún momento del día anterior la cocina de Jeyne y habían cocinado unos panecillos de desayuno con la forma de algún extraño animal… No sabría decir si eran perros o caballos pero el gordo estalló a reír a carcajadas en cuanto los vio. Por si fuera poco, los comerranas tuvieron la osadía de pasar saludando a Jeyne como si la conocieran de toda la vida. Definitivamente el mundo se estaba terminando de volver loco del todo a ojos vista.

El día continuó marchando con pasmosa lentitud. A mediodía los amigos del comercio y los negocios se unieron al resto de comensales y compartieron una pierna de cordero cocinada al estilo norteño acompañada con una versión sureña de vino caliente. Estaban en lo más animado de la reunión cuando notó que tenía una nueva visita en la puerta: un bardo y su arpa. Ya lo que faltaba. Temiendo que fuera de la variedad ave carroñera, iba dispuesto a espantarlo de allí y mandarlo a trinar a otra parte cuando el dorniense empezó a llamarlo a voces y a hacerle señas como si lo conociera de toda la vida. Igual lo conoce de toda la vida, pensó con aprensión. Para cuando quiso darse cuenta, todos cantaban como si estuvieran en la boda de alguien. La sobremesa iba a ser muy larga…

La improvisada celebración se fue apagando conforme avanzaba la tarde. A eso de la hora del té pocos quedaban todavía por la sala común pero entre ellos estaba el bardo. Mientras compartía unas rosas de manzana de Jeyne con la compañía, descubrió que estaba supuestamente también de paso de camino a Desembarco del Rey. Se movía un poco a la aventura, o eso decía, y tras probar un tiempo en la capital tenía intención de visitar Braavos y perfeccionar allí sus artes musicales. Tenía una apariencia joven, así que quizás llevaba poco tiempo en aquel oficio. En todo caso, ya lo descubriría.

Por suerte, el bullicio del mediodía y de la tarde propició una cena tranquila y ligera, basada en una sencilla ensalada de otoño y una sopa de jengibre. Los lacustres hicieron gala con sorna a su sobrenombre y se decantaron por un estofado de ancas de rana.

Cuando por fin todos se fueron a dormir suspiró con alivio y se permitió soñar con el merecido descanso. Ya se disponía a subir a su propia habitación cuando le pareció sentir que llamaban tímidamente a la puerta. A este paso iba a terminar más quemado que Harren el Negro. Fue a abrir muy pero que muy despacio solo para encontrarse a una pareja de jóvenes. Igual era el cansancio, no sabría decir, pero habría jurado que la chica era Penny, una de las muchachas del Melocotón. Harto del día, les dejó pasar con un gruñido y, sin mediar más palabra, se fue a dormir. Mañana sería otro día.

Continuará…

 

Parece que la calamidad llega, pero se resiste a aparecer del todo, mientras el posadero los ve venir y marchar. Entre tanto, y junto a él, presentimos que algo va a pasar. Algo se cuece en las Tierras de los Ríos y estamos en una posición privilegiada para enterarnos de todo.

Y estas son las recetas de hoy, a las que es sencillo seguir la pista dentro del texto. Click en la imagen para la receta, click en el nombre para ir al sitio del autor. Aún así, las presentamos también en modo “menú”:

Desayuno

Media mañana

Almuerzo

 

 

 

 

 

Merienda

Cena

 

 

 

 

 

 

Y bien, ¿qué os ha parecido la quinta entrega de nuestra historia de la posada? ¿Conocíais algunas de las recetas de esta edición? Si es así, ¿habéis probado o cocinado alguna? Y, en caso de que no, ¿os atreveréis a poneros el delantal y emular a Jeyne? De entre todas las recetas, ¿cuál es la que realmente despierta en vosotros un hambre voraz? 

Vamos, vamos, cocinillas, que en quince días volvemos a tener una nueva edición.

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