Decía Baltasar Gracián que lo bueno, si breve, dos veces bueno. Y así ha sido, como una última primavera fugaz en Poniente, como ese cometa que hiende el cielo. A Knight of the Seven Kingdoms ha ido directo al mentón. No hay problema, Dunk sabe encajar los golpes.

A mí me va a costar algo más hacerme a la idea de que se acabó, al menos hasta el año que viene. No me ha sabido a poco, tampoco esperaba más; quizá solo achaco la falta de costumbre de volver a emocionarme por ver en pantalla lo que leí y amé y de volver a lamentar las ocasiones perdidas. Lo genial es que, para bien y para mal, hacía mucho tiempo que nada de este universo me animaba a querer compartir mis pensamientos. Pero aquí estoy otra vez, gracias a A Knight of the Seven Kingdoms.

Así que voy a hablar sin mucho orden ni concierto de… bien, de esto y de aquello. Hoy me centraré en lo bien que Ira Parker y HBO han vendido esta serie. Precisamente por ese endiablado entusiasmo con el que la han vendido mal.


Si los Siete os han dado altura, sed alto

— Aerys II —


A Knight of the Seven Kingdoms ha salido al mercado como la hermana pequeña de House of the Dragon. Frente a la magna epicidad de aquella, la adaptación de El Caballero Errante ha mantenido engañosamente un perfil bajo durante toda su promoción. Por supuesto, la trascendencia de los sucesos ocurridos en el torneo de Vado Ceniza ha sido completamente silenciada, y toda la campaña se ha orquestado en torno a lo que la serie no iba a ser: no iban a ser grandes batallas, ni dragones, ni grandes efectos, ni numerosos sets, ni largos viajes. En el plano formal, se ha subrayado su bajo presupuesto y el carácter casi intimista de esta historia, algo que se ha reflejado incluso en la duración de los capítulos.

La promoción destacó la importancia de apegarse a la intención original del texto de Martin en el que se basa, manteniendo un tono narrativo mucho más cercano al de un cuento popular que al de la literatura épica. A mí llamadme loco, que bien me lo he ganado, pero en absoluto esperaba que me hicieran entender este matiz con una diarrea inexistente en el material original. Ya he aceptado que nunca me acostumbraré a la cantidad de vueltas que pueden dar las tramas de la obra de Martin, ni a que el mundo contemporáneo sea cada vez menos sutil y simbólico, ni a que se haya quedado demasiado pequeño para tanto ego: no soy capaz de imaginar la percepción que uno tiene que tener sobre sí mismo para añadir semejante mierda —literalmente— y considerar que queda bien. Quizá a eso es a lo que se refería Martin cuando dijo que la adaptación de El Caballero Errante era «tan fiel como un hombre razonable puede esperar».

El énfasis en este carácter intimista de la historia, en dar la importancia adecuada a los personajes, me hacía pensar en que la producción de A Knight of the Seven Kingdoms sabía del alto grado de fidelidad con respecto al material original. Porque es cierto que todo el peso narrativo recae en los personajes, pero ¿acaso las primeras temporadas de Game of Thrones no dieron la importancia adecuada a los personajes? ¿Acaso se caracterizaron por anteponer la épica al culebrón, o las necesidades de la trama por encima del desarrollo de los personajes? Bueno, pues para resolver esa cuestión pienso en la genialidad de simplificar el nudo de Harrenhal en los libros con Arya sirviendo de copera para Tywin y… entonces me pregunto de qué coño están hablando cuando dicen eso de dar la importancia adecuada a los personajes. ¿A que solo son dos personajes? Seguramente sí.

Pero entonces pienso en el legado de Game of Thrones y en la hermana mayor, House of the Dragon, y todo cuadra en mi maquiavélica mente. No sé si es una forma de generar distancia entre productos o una genuina autocrítica de HBO, pero este tipo de declaraciones me ha parecido la más sutil de las formas de reconocer que algo —y no demasiado bueno— pasa con ese estilo de serie que solo busca el impacto para conseguir viralidad en redes sociales. Quizá me pueda el optimismo pero, si pongo todo en perspectiva, me da la sensación de que se ha tomado cierta conciencia de que las decisiones tomadas para convertir House of the Dragon en un pastiche que sigue la estela de las últimas temporadas de Game of Thrones no han sido las mejores.

Nos decían que, con la excepción de Dunk, todo iba a ser pequeño en A Knight of the Seven Kingdoms. Una serie barata, con capítulos cortos, centrada fundamentalmente en dos personajes y sin grandes batallas a la vista. Declaración tras declaración, tanto Ira Parker como el propio George R. R. Martin consolidaron el perfil bajo de una promoción que además se vio favorecido por el tono irónico de los cuentos de Dunk y Egg —la comedia siempre se considera un género menor frente al drama—, por que la acción discurriera en una anodina localización de Poniente y por la intrínseca humildad del dueto protagonista, la cual compartían también los desconocidos actores que lo encarnaban.

Lo cierto es que es realmente poético que este tipo de estrategia promocional haya caracterizado a una serie cuya trama gira en torno a un engaño. Porque, bajo mi punto de vista, el perfil bajo mantenido en la promoción es un ardid hecho con las mejores intenciones. Todo lo dicho es cierto, pero como hiciera Dunk en la carpa de Lyonel, no es que A Knight of the Seven Kingdoms sea pequeña, es solo que se encogía.

Déjame poner algo de contexto. A Knight of the Seven Kingdoms ha costado en torno a unos 40 millones. No sabemos el presupuesto exacto, pero en todas las declaraciones se habla de que no llega a los 10 millones de dólares por episodio. En mi opinión, si se establece ese número como tope máximo, es porque en algunos casos se acerca a él. Como mucho, podríamos hablar de 60 millones de dólares en total.

En una era donde el streaming ha hecho que nos acostumbremos a cifras como las de las últimas temporadas de Game of Thrones o House of the Dragon y, más recientemente, como las de la adaptación de El Señor de los Anillos de Amazon o las de la apuesta de Netflix por la última temporada de Stranger Things, ni siquiera 60 millones de dólares parecen una cifra demasiado abultada, ¿verdad?

Pero pensemos por un momento que ese fue el presupuesto de la primera temporada de Game of Thrones. 60 millones de dólares sirvieron para recrear el Muro, Invernalia, Essos, Desembarco del Rey y el Valle de Arryn. Simplemente compara el fundido a negro de la intro de A Knight of the Seven Kingdoms y el magnífico opening de Game of Thrones para hacerte una idea de lo grande que era ese mundo. Pero además ten en cuenta que no solo me estoy refiriendo a los sets construidos en los magníficos estudios Titanic, sino también a los parajes de Escocia, Irlanda del Norte y Malta donde se rodaron los exteriores de la primera temporada de Game of Thrones.

Y, por supuesto, piensa en los actores que los recorrieron y los numerosos extras que los llenaron de vida, ya que de esos 60 millones de dólares salieron los sueldos de un elenco en gran medida poco conocido pero realmente numeroso. Para ser conscientes de su inmensidad basta otra comparación: pondera el número de personajes con punto de vista en Juego de Tronos con la cantidad de escenas protagonizadas por personajes que lo adquirieron mucho después —o que ni siquiera lo han llegado a tener después de cinco libros. Da vértigo pensar que hasta Pycelle y cierta libertina norteña tuvieron su propia escena, o que vimos a Robert manteniendo conversaciones privadas con ser Barristan o Cersei o a Theon ser un auténtico Theon con Osha.

Todos además necesitaban minutos, porque es que incluso dar a conocer ese mundo requería minutos. Desde saber la diferencia entre los antiguos dioses y los nuevos hasta que no hay palabra para decir gracias en dothraki. Y esta necesidad marcó a la serie prácticamente desde el principio: superado el prólogo, acompañamos a los Stark en una excursión donde Bran verá por primera vez lo que implica que las costumbres de su pueblo sean diferentes a las del resto de sus vecinos.

Así que esos 60 millones de dólares cubrieron un metraje de casi 10 horas que se extendió por tres países y que hizo que una docena de actores estuvieran como mínimo media hora en pantalla. Siento ser pesado, pero me gustaría que valorases que si esa docena de actores hubiesen acaparado y no superado simplemente esa media hora, ya tendríamos el doble de metraje que en toda la primera temporada de A Knight of the Seven Kingdoms. Ned Stark estuvo en pantalla la mitad del metraje del nuevo spin-off, y ni siquiera llegó vivo al último episodio.

Peter Claffey (Dunk) y Dexter Sol Ansell (Egg), por HBO

Y, una vez realizado el trabajo, tocaba promocionar una serie sobre ese mismo e inmenso mundo fantástico que para muchísima gente era completamente desconocido. Creo que es conveniente pararse a pensar en que el único rostro reconocible para la mayoría del público que podía vincularse fácilmente con la fantasía era Sean Bean. ¿O es que acaso conoces a alguien que viera la serie por la aparición de Peter Dinklage en Las Crónicas de Narnia?

Por supuesto, hace quince años 60 millones cundían mucho más que hoy en día. Y seguramente esa cifra esté algo inflada para A Knight of the Seven Kingdoms. Pero ahora piensa en Vado Ceniza. Qué coño, me voy a poner generoso: piensa también en el Prado Hierbarroja, en las callejuelas de Desembarco del Rey y en The Dark Hedges, ese sendero que en su día recorierron Arya y Gendry escapando de Desembarco del Rey y Brienne y Podrick en busca de Sansa; piensa en la colina donde Dunk enterró a Arlan, en la posada y en el árbol que hará las veces de pabellón de nuestro magnífico caballero.

Piensa en lo que los efectos costaban en 2011, tanto en tiempo como en dinero, y que hoy en día puedes ver The Mandolarian en tu casa como si fuera Solo Asesinatos en el Edificio, por seguir citando a Disney. Y es innegable que Vado Ceniza es poca cosa, pero si vuelves a esas localizaciones mentalmente, ¿acaso hacía falta más? Todo luce de forma espectacular. Joder, si hasta hicieron un puente para una puñetera escena. Puedes sentir el orgullo que sienten los propios creadores de A Knight of the Seven Kingdoms al hacerle decir a Egg en ese bonito plano en el que él y Dunk están recostados frente a una panorámica de los pabellones que no le importaría vivir en un lugar como ese. Y del mismo modo que antes hablaba de decisiones de mierda —literalmente—, ahora pienso en la función de títeres de Tanselle y… Tú me entiendes, al César lo que es del César.

Por otro lado, frente al plantel de protagonistas de GOT o HotD, piensa en Dunk y Egg, en Baelor, en Fossoway y en Lyonel. En que descontando la meada de ser Arlan —¿cómo no va a ser el mundo un lugar mucho más pequeño entre semejantes egos y semejante bestia?— y la última escena de Maekar, no hay ninguna en la que no aparezca el dueto protagonista, y que Dunk está prácticamente presente en un 90% del metraje. Piensa que, en definitiva, esa cifra ubicada en una horquilla entre los 40 y los 60 millones se ha gastado en apenas tres horas de metraje final rodadas íntegramente en Belfast.

Con todo en orden, es fácil entender por qué A Knight of the Seven Kingdoms se ve como se ve; y por qué si vuelves a ver la primera temporada de Game of Thrones, te acordarás antes de la Doctora Quinn que de Boardwalk Empire –por seguir citando una serie de HBO anterior a Game of Thrones y con un presupuesto similar. El tiempo pasa, por supuesto, pero no se trata de gastar mucho o poco. Se trata de gastar bien, lo necesario, y A Knight of the Seven Kingdoms se puede permitir el lujo de hacerlo.

Porque si el verdadero mérito de D&D fue poder construir todo un mundo como el de Canción de Hielo y Fuego con unos presupuestos iniciales verdaderamente ajustados, A Knight of the Seven Kingdoms no tiene que sacar pecho de haber costado menos. Su proeza es haber invertido francamente bien cada dólar que ha costado.

Cuando el precio coincide con el valor, cuando el precio es justo, nada es caro ni barato. A Knight of the Seven Kingdoms, en conclusión, es tan grande como puede serlo. A diferencia de lo que sucedió con las primeras temporadas de Game of Thrones, donde cobraba importancia hacer públicas las enormes cifras de presupuesto porque no se podía gastar más —aunque fuese necesario—, la nueva serie de Dunk y Egg no hubiese mejorado demasiado con cinco millones de dólares más por capítulo, y por eso ha convertido lo que nos promocionaban como su pequeñez en su mayor grandeza.

Y una de las razones por las que esto ha sucedido es porque el nuevo spin-off ha llegado en el momento perfecto. A Knight of the Seven Kingdoms no tiene un mundo que presentar, ya que todo el mundo conoce Poniente. No solo tiene un carácter episódico fácil de adaptar, sino que además cuenta con los diálogos de Martin —y si Martin es Martin y Ryan Condal es Ryan Condal, pues es por algo. No hay un gran elenco al que seguir, ya que la historia se centra en las andanzas de dos personajes. Es por eso que puede centrarse en su narrativa, y hablar de los significados sobre los que tanto le gusta divagar a Martin. ¡Y lo verdaderamente genial es que en ese proceso se va a ir construyendo precisamente todo ese mundo con el que el espectador se topó la primera vez que visitó Poniente! Unas pequeñas localizaciones por temporada bastarán para permitir que su propia historia crezca más y más. Ya apenas hay nada que explicar de ella, solo mostrar la grandeza y trascendencia de su narrativa.

«Si los siete os han dado altura, sed alto», le dijo Lyonel a Dunk; y lo mismo diría yo de A Knight of the Seven Kingdoms.